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Full text of "Recursos para la Escuela Sabatica"

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Material Complementario 

I Trimestre de 2008 

El discipulado 



2 de Febrero de 2008 

Género y discipulado 



Creo que es demasiado evidente que el tema de esta semana me interesa mucho y 
me agrada. Siendo que estoy a favor de la ordenación de las mujeres (aunque no 
pretendo discutir sobre esto, ya que respeto la postura adoptada por la Iglesia Ad- 
ventista), es muy agradable comentar sobre el rol de las mujeres en el cristianismo. 
Pienso que es claro que la mujer tiene un profundo significado para la iglesia. Yo 
misma, aunque estoy conforme, en el fondo todavía guardo en mi corazón el anhelo 
de ser pastora, de hecho doy gracias a Dios por ejercer algunas funciones en su 
obra, con amor. Y conozco muchas otras mujeres de gran importancia para el evan- 
gelio de Cristo, discípulas de Él con mucho coraje y valor. 

Estoy muy agradecida a Jesús porque Él, cuando estuvo por aquí, dejó bien en claro 
que apoya e incentiva la participación femenina en la causa del Evangelio. Los reli- 
giosos de la época no consideraban el valor de las mujeres en ese aspecto. Si una 
mujer quería estudiar y conocer mejor las Escrituras, tenía que encontrar un modo de 
hacerlo sola, puesto que los rabinos jamás aceptarían tener una mujer entre sus 
alumnos y seguidores. Hay una película protagonizada por la actriz Barbra Streis- 
sand, "Yentf, que cuenta la historia ficticia de una joven judía que fue educada por el 
padre y, con posterioridad al fallecimiento de él, debido a que era muy inteligente y 
dedicada al estudio, decide cortarse el cabello y travestirse, fingiendo ser un hombre, 
para ser aceptada en la escuela de los rabinos y continuar aprendiendo. 

La llegada de Jesús al mundo como Mesías, revestido de humanidad, como un bebé, 
fue un gran paso para la valorización de la mujer en su ministerio. De hecho, única- 
mente una mujer podía engendrarlo. Y así fue. Para la misión de engendrar al Hijo 
de Dios, fue escogida una joven ejemplar. La Biblia dice, en Lucas 1 :30, que ella 
había hallado gracia delante de Dios. Orientada por el ángel, aunque al principio se 
haya sorprendido (ver el versículo 34), ella comprendió que su misión era de extrema 
relevancia. 

Antes de que Jesús comenzara su ministerio terrenal con el bautismo, María fue su 
educadora en este mundo, aunque su conocimiento fuese mucho más allá del que se 
obtiene en la tierra. Ella fue la madre que lo llevaba a la "Escuela Sabática", que es- 
tudiaba la lección con Él; le enseñó los cánticos de alabanza cantando en familia, oró 
a los pies de su cama todas las noches y mañanas; ella alimentó y cuidó a ese niño 
con amor de madre. Siendo que Él era mucho mayor que ella, en la fragilidad de la 
infancia humana, pudo contar con la seguridad materna. Es un hecho de que María 



es una mujer a ser admirada, y eso es tan verdadero que algunos cristianos cometie- 
ron el equívoco de considerarla una persona divina, confiriéndole a ella una función 
que sólo atañe a Cristo, de interceder por nosotros en el cielo. 

Con respecto a María, debemos prestar mucha atención a su reacción cuando reci- 
bió del ángel Gabriel la misión. Aunque haya quedado sorprendida al saber que que- 
daría embarazada, siendo que era virgen, ella demostró tener fe. Leemos en Lucas 
1 :38 que ella declaró: "Yo soy la sierva del Señor. Hágase en mi conforme a tu pala- 
bra". 

María no dudó. Simplemente permitió ser usada por Dios como instrumento suyo pa- 
ra la llegada del Mesías. Tenemos mucho que aprender con esto. ¿Hasta qué punto 
estamos dispuestos a ser usados, aún en las tareas más sorprendentes y extrañas, 
para ayudar, de alguna manera como instrumentos de Dios para la segunda venida 
del Mesías? 

Como mujer, eso toca profundamente mi corazón. María no estudiaba en la escuela 
de los rabinos, no tenía la erudición de aquellos grandes maestros humanos, pero 
tenía contacto personal con Dios y fue digna de recibir la visita privada del ángel, re- 
cibiendo una tarea tan nobilísima. Su condición de mujer la colocó en esa posición. 
Dios invita a todas las mujeres en el mundo de hoy para que hagamos uso de nues- 
tras prerrogativas femeninas con sabiduría y fe, a fin de llevar a muchos al conoci- 
miento de las buenas nuevas de salvación. 

En los evangelios, y bajo la óptica de Lucas tenemos los mejores relatos, vemos que 
había mujeres entre los seguidores de Jesús. María Magdalena tal vez sea la más 
"famosa", por decirlo de algún modo. Ella fue liberada del pecado siete veces, y 
adoró al Señor. Aún más; son mencionadas otras mujeres como Juana, mujer de 
Cuza, Susana, María, madre de Santiago y de José; la mujer de Zebedeo, y otras. 
Ellas fueron mujeres que seguían a Jesús y lo ayudaban con atenciones especiales. 
Preparaban la comida de Jesús, lavaban su ropa, pienso que cuidaban de su apa- 
riencia, tal vez un corte de cabello, retoque de la barba, esas cosas, y todos los cui- 
dados que un ministro del Evangelio necesita para llevar adelante su obra con efica- 
cia. Es cierto que esas mujeres fueron de enorme valor para su ministerio terrenal. 
Aprendían con Él y con eso se preparaban para servir. 

Es inevitable que comparemos a esas mujeres con las esposas de los pastores de la 
actualidad. Cuánto afecto y cuánta dedicación esas mujeres prestan a los hombres 
que sirven a Dios en la causa del Evangelio... Cuidan de ellos, toman todos los re- 
caudos para que ellos estén bien, saludables, con buena apariencia y que su predi- 
cación sea bien recibida por el pueblo. Observan el cabello, la ropa, aprendan a 
hacer el nudo de la corbata, prestan atención a la ropa, al calzado, al alimento, a to- 
do. Todavía más: trabajan con alegría en las tareas de la iglesia, de acuerdo con sus 
talentos. Si les gusta predicar, predican; si hace falta ayuda en el Departamento de 
Ministerios del Niño, allá van ellas, dando lo mejor de sí; en la decoración de la igle- 
sia, en ADRA, en la música, tocando el piano, cantando o ayudando en el Ministerio 
de la Visitación. Mi madre siempre decía: una buena esposa de pastor hace mucho 
por el ministerio de su marido y una mala esposa acaba con el ministerio de él. Y es 



verdad. La mujer es una pieza clave en el ministerio. Todas las mujeres involucradas 
en esa obra deben tener conciencia de eso. Y los hombres también, por supuesto. 

Toda esposa, toda madre, toda mujer, tiene un papel muy especial ante la sociedad. 
El papel de educadora y orientadora, como madre, ayuda y compañera, como espo- 
sa. Toda mujer tiene en sí misma un enorme valor para la obra del Señor. Jesús dejó 
en claro que tiene un gran interés en la participación de las mujeres en el ministerio 
de la salvación. 

Entre los amigos de Jesús había dos hermanas que tienen una historia muy intere- 
sante: Marta y María, cada una de ellas con sus preocupaciones. Marta quería ser 
una buena anfitriona y recibir al Ilustre Huésped con eficiencia; María quería sentarse 
a sus pies y escuchar sus enseñanzas. Dos mujeres especiales, que estaban en lo 
correcto en lo que hacían. Sin embargo, Marta fue reprendida por Jesús. ¿Por qué? 
¿Por cuidar bien de Él y preparar los alimentos proveyendo una mesa de la mejor 
manera posible? ¿Acaso esa no era precisamente la actividad de las mujeres que lo 
seguían? 

Marta no estaba equivocada en su deseo de servir a Jesús con cuidado. Pero Jesús 
le llamó la atención a la elección hecha por su hermana María. Preocupada con las 
tareas domésticas, Marta llegó a quejarse de la hermana porque ella estaba allí "sólo 
sentada, sin hacer nada", mientras que había tanto que hacer. Pero María había es- 
cogido la mejor parte. María había escogido ser discípula de Jesús. 

Sentarse a los pies del Maestro significaba ponerse en posición de discipulado, de 
alumna. María no estaba ociosa, sino que estaba estudiando con el Maestro de los 
maestros. En una época en la que los rabinos jamás admitirían una mujer como 
alumna, María era una privilegiada y ese privilegio no le podría ser quitado por causa 
de algunos quehaceres domésticos, por causa de algunas formalidades que podían 
ser dejadas de lado. Marta podría haber hecho una mejor elección si hubiese queda- 
do también sentada a los pies de Jesús, aprendiendo con Él, aunque el almuerzo no 
fuese servido o no se hubiera preparado ningún alimento. Jesús era capaz de ofrecer 
alimento para el alma, aquél que suple todas las necesidades humanas. 

Este episodio ocurrido entre Jesús y las dos hermanas nos enseña mucho con res- 
pecto a las formalidades y las prioridades. Jesús demostró que el discípulo debe 
preocuparse mucho más del alimento espiritual que el material. Creo que ésta es una 
lección preciosa para muchas mujeres, especialmente las madres, como educado- 
ras, Notemos la manera objetiva como Elena de White aconseja en el libro Consejos 
sobre la Escuela Sabática, p. 45, 46 

"Pero cuando los padres están más ansiosos de que sus hijos estén vestidos a la moda 
que de ver sus mentes provistas de las verdades de la Palabra de Dios, los niños mismos 
aprenderán pronto a considerar el vestido y la ostentación como de mayor importancia 
que las cosas que atañen a su salvación...." 

¿Has notado la estrecha relación entre este consejo y la lección de Jesús a Marta en 
aquél encuentro en su casa? Muchas veces estamos más preocupados con los deta- 
lles que con el mensaje que vamos a buscar en la Casa de Dios. Fijamos nuestra 



mente en el vestuario, en no repetir la ropa y otros detalles, inclusive relacionados 
con la liturgia, con cuestiones relacionadas con el horario (vemos a personas dándo- 
se vuelta a cada minuto para ver la hora en el reloj de la iglesia para ver si ya no es 
hora de que termine el sermón, en vez de sentarse despreocupadamente en prestar 
atención al mensaje que se está transmitiendo. Desgraciadamente, muchas veces he 
visto a personas discutir acerca de horarios, en vez de enfocar su atención a la cali- 
dad de la predicación del mensaje de salvación. 

El ejercicio del discipulado por nosotras las mujeres debe ser un ejemplo de pacien- 
cia, cuidado, organización, atención a los detalles que los hombres no observan, de 
delicadeza, gracia, creatividad, la capacidad de realizar varias tareas importantes al 
mismo tiempo (esta es una especialidad femenina, algo que los hombres no logran 
realizar con la facilidad que lo hacemos nosotras), pero nunca podemos olvidar que 
la formalidad jamás puede matar a la espiritualidad. 

Recuerdo algo que sucedió hace apenas algunos días. Una amiga de la familia esta- 
ba visitándonos y todos estábamos enfrascados en un diálogo interesantísimo. Mi 
madre dijo: "Voy a preparar un jugo para esta gente". Pero la conversación estaba 
tan buena que esa amiga impidió que mi madre se fuera. Yo intenté levantarme, di- 
ciendo: "Bueno, voy yo entonces". Y ella tomó mi mano y me impidió que me retirara, 
diciendo: "¡Qué jugo, ni nada! Vamos a continuar conversando". Estábamos en el pa- 
tio y la cocina quedaba muy lejos, no se podía preparar el jugo y participar de la con- 
versación al mismo tiempo. Esta amiga nuestra escogió lo principal, una conversa- 
ción amistosa. Un jugo lo podemos tomar en cualquier momento, pero el placer de 
compartir experiencias, ser amigos, es algo mucho más importante. Es difícil que una 
mujer actúe de esa manera: recibir una visita en la casa y no ofrecer nada de comer 
o beber. Pero tenemos que aprender esa lección. Muchas veces tenemos que olvi- 
darlo y aprovechar el alimento espiritual. 

Al respecto de esto, tenemos otro relato en los Evangelios, acerca de una mujer muy 
especial para Jesús. Una mujer a quien Jesús le ofreció el Agua de Vida, que satis- 
face la sed eternamente. Y fue una evangelista, ejerciendo así una función errónea- 
mente considerada exclusivamente masculina. 

La mujer samaritana fue llamada por Jesús junto al pozo. Elena de White, en el libro 
El Deseado de todas las gentes, pp. 1 60-1 65: 

Mientras la mujer hablaba con Jesús, le impresionaron sus palabras. Nunca había oído 
expresar tales sentimientos por los sacerdotes de su pueblo o de los judíos. Al serle reve- 
lada su vida pasada, había llegado a sentir su gran necesidad. Comprendió la sed de su 
alma, que las aguas del pozo de Sicar no podrían nunca satisfacer. Nada de todo lo que 
había conocido antes, le había hecho sentir así su gran necesidad. Jesús la había con- 
vencido de que leía los secretos de su vida; sin embargo, se daba cuenta de que era un 
amigo que la compadecía y la amaba. Aunque la misma pureza de su presencia conde- 
naba el pecado de ella, no había pronunciado acusación alguna, sino que le había habla- 
do de su gracia, que podía renovar el alma. Empezó a sentir cierta convicción acerca de 
su carácter, y pensó: ¿No podría ser éste el Mesías que por tanto tiempo hemos espera- 
do? Entonces le dijo: "Sé que el Mesías ha de venir, el cual se dice el Cristo: cuando él 
viniere nos declarará todas las cosas." Jesús le respondió: "Yo soy, que hablo contigo. Al 



oír la mujer estas palabras, la fe nació en su corazón, y aceptó el admirable anuncio de 
los labios del Maestro divino". [...] 

"La mujer se había llenado de gozo al escuchar las palabras de Cristo. La revelación ad- 
mirable era casi abrumadora. Dejando su cántaro, volvió a la ciudad para llevar el mensa- 
je a otros. Jesús sabía por qué se había ¡do. El hecho de haber dejado su cántaro habla- 
ba inequívocamente del efecto de sus palabras. Su alma deseaba vehementemente ob- 
tener el agua viva, y se olvidó de lo que la había traído al pozo, se olvidó 162 hasta de la 
sed del Salvador, que se proponía aplacar. Con corazón rebosante de alegría, se apre- 
suró a impartir a otros la preciosa luz que había recibido. 

"Venid, ved un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿si quizás es éste el Cris- 
to?"— dijo a los hombres de la ciudad. Sus palabras conmovieron los corazones. Había en 
su rostro una nueva expresión, un cambio en todo su aspecto. Se interesaron por ver a 
Jesús. "Entonces salieron de la ciudad, y vinieron a él" (Juan 4:29, 30). [...] 

"Los fariseos despreciaban la sencillez de Jesús. Desconocían sus milagros, y pedían 
una señal de que era el Hijo de Dios. Pero los samaritanos no pidieron señal, y Jesús no 
hizo milagros entre ellos, fuera del que consistió en revelar los secretos de su vida a la 
mujer que estaba al lado del pozo. Sin embargo, muchos le recibieron. En su nuevo gozo, 
decían a la mujer: "Ya no creemos por tu dicho; porque nosotros mismos hemos oído, y 
sabemos que verdaderamente éste es el Salvador del mundo, el Cristo" (Juan 4:42). [...] 

"Cuando Jesús se sentó para descansar junto al pozo de Jacob, venía de Judea, donde 
su ministerio había producido poco fruto. Había sido rechazado por los sacerdotes y rabi- 
nos y aun los que profesaban ser discípulos suyos no habían percibido su carácter divino. 
Se sentía débil y cansado, pero no descuidó la oportunidad de hablar a una mujer sola, 
aunque era una extraña, enemiga de Israel y vivía en pecado". 



¡Caramba! Me estoy pasando de las habituales cuatro páginas que escribo sema- 
nalmente y aún no he hablado de la mujer con flujo de sangre. Realmente tenemos 
mucho que aprender acerca del discipulado y estoy muy dispuesta a defender la im- 
portancia de la participación femenina en la obra. Elena de White dice mucho sobre 
eso. En la semana pasada comenté algo sobre ella y los dos hombres que habían 
rechazado el llamado antes que ella. Podríamos hoy tener un mensajero para la igle- 
sia remanente, pero Dios no despreció a una mujer quien, al final de cuentas, no 
respondió con una negativa a ese gran desafío. 

La mujer con flujo de sangre (Marcos 5:25-34) fue un ejemplo increíble de fe. 

Una vez más, la lección menciona a este elemento fundamental en el ejercicio del 
discipulado: la fe. Palabra tan pequeña que describe algo de tanto valor. 

La enfermedad que aquella mujer padecía era considerada inmunda y todas las per- 
sonas portadoras de la misma debían vivir apartadas de la sociedad, retiradas, sin 
contacto humano. No podían tocar a las personas, y si alguien las tocaba, debía rea- 



lizar un complicado ritual de purificación en el Templo. Hacía doce años que esta 
mujer sufría con tan desgraciada situación. 

Pero aquella pobre mujer enferma había escuchado hablar de Jesús, el Salvador, y 
creyó en su poder restaurador. Entendió tan bien a Cristo que dio un ejemplo de fe 
tal vez nunca más visto. Creyó que podía ser curada tan solo si tocaba las vestiduras 
de Jesús. Observemos que ella no pensó en tocar la piel de Jesús, pues su enfer- 
medad le impediría hacerlo, siendo que las leyes judías eran muy rigurosas en cuan- 
to a eso. Sólo tocó sus vestiduras. 

Confieso que no sé cómo aplicar este relato bíblico a los hechos de mi vida actual. 
Es de tanta grandiosidad que no tiene comparación con nada de lo que yo haya pre- 
senciado y mucho menos practicado en mi vida. (Hombres que leen mis comenta- 
rios, no se enojen por mi aparente "feminismo"...) La Biblia presenta a Job, Eliseo, 
Pablo y otros hombres de una fe incomparable, que yo admiro por demás. Pero esa 
mujer nos deja a las mujeres orgullosas. ¡Cuánta humildad y cuánta fe! Jesús no pu- 
do dejar pasar esta situación desapercibida. Hizo público la declaración de fe de 
aquella sierva. "Tu fe te ha salvado", le dijo. 

Queridos amigos y hermanos que me acompañan en este comentario. El mundo está 
casi en el final. Se acerca el día en el que veremos a nuestro Maestro y Salvador ca- 
ra a cara. Es tiempo de que ejerzamos mucha fe. Como discípulos suyos tenemos 
que ejercer actitudes de fe suficientes como para que El nos diga: "Kesia, tu fe te ha 
salvado". "Daniel, tu fe te ha salvado". "Andrea, tu fe te ha salvado". "José, tu fe te ha 

salvado". "Alex, tu fe te ha salvado". "Franco, tu fe te ha salvado. " 

(tu nombre va aquí), tu fe te ha salvado". 

¡Dios sea alabado! 

Por Kesia Mota 

© Blog Examinai as Escrituras 

Traducción 
© Rolando D. Chuquimia 



© Traducción: 

Rolando D. Chuquimia (rdchuquimia@ciudad.com. ar) 

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